>La organización de las iglesias locales

>Creemos que en este tiempo de gran confusión en cuanto al desempeño de tantos “iluminados” que dictan de una u otra forma las diferentes eclesiologías de las iglesias (formas de administración de las mismas)es necesario volver a establecer fundamentos bíblicos.
Un pueblo de Dios alienado permitirá el avance de las herejías que estos “iluminados” ya introdujeron así como el avance de la “Nueva Era” que ya invadió a la iglesia.
Las instituciones religiosas se adjudican a sí mismas la representación corporativa de la iglesia siendo que esto no figura en ninguna parte en las Escrituras.
El riesgo de sumarse al ecumenismo inter-relilgioso está en manos de estos “iluminados” y llevará a más de un desprevenido al error.
¿¡Con qué derecho?!
Es necesario recurrir a las Escrituras y a siervos que se ajustaron a la misma.
Siervos que han fundamentado su ministerio con la Palabra, hechos y testimonios.
Este es el caso de T. S. Nee.
El texto siguiente es tomado del libro “La iglesia cristiana normal” en su noveno capítulo.

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CAPITULO NUEVE

Ya que hemos observado la diferencia entre la obra y las iglesias, entre los apóstoles y los ancianos, entre la base de una iglesia bíblica y las sectas, ahora podemos proseguir a ver cómo se organiza una iglesia local.

De acuerdo con la concepción actual, tres cosas se consideran indispensables para la existencia de una iglesia, además del grupo de cristianos que son los miembros. Estas tres son: un “ministro”, un edificio, y “servicios eclesiásticos”. El mundo cristiano dudaría de la existencia de una iglesia si aun uno de estos tres faltase.

¿Qué pensaría uno hoy en día de una iglesia sin “ministro”? Llámelo pastor o llámelo como quiera, pero sin falta se debe tener a tal hombre. Por regla general, él está especialmente adiestrado para el trabajo eclesiástico, pero puede ser un hombre local o un obrero transferido de algún otro lugar. Cualesquiera que sean su trasfondo y sus títulos, él se dedica exclusivamente a los asuntos de la iglesia. Así, los que están en las iglesias están divididos en dos clases: los clérigos, quienes se ocupan de los asuntos espirituales, y los laicos, quienes se dedican a las cosas seculares. Además, por supuesto, debe haber servicios de la iglesia por los cuales el ministro es responsable, y el más importante de éstos es la reunión del domingo en la mañana. Ustedes pueden llamarle culto o reunión o lo que escojan, pero tal reunión debe tenerse por lo menos cada domingo, cuando los miembros de la iglesia se sientan en sus bancas y escuchan el sermón que su ministro ha preparado. Y naturalmente debe haber un templo. Uno puede nombrarlo local, lugar de reunión, capilla, o iglesia; pero debe disponerse de tal lugar, llámese como se llame. De otro modo, ¿cómo podría uno “ir a la iglesia” los domingos? Pero lo que se considera indispensable para una iglesia hoy en día, era considerado totalmente innecesario en los primeros días de la historia de la Iglesia. Veamos lo que la Palabra de Dios tiene que decir sobre este asunto.

EL “MINISTRO” U OBRERO,
EN EL GOBIERNO DE LA IGLESIA

“Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en filipos, con los obispos y diáconos” (Fil. 1:1). Ni siquiera en una sola iglesia bíblica encontramos mención alguna de un “ministro” que controlara los asuntos de ella; tal posición está ocupada siempre por un grupo de ancianos locales. Y en ninguna otra parte tenemos una presentación más clara o más comprensible del personal de una iglesia, que en el versículo que acabamos de citar de la carta a los filipenses. La iglesia está constituida de todos los santos los obispos y los diáconos. Los diáconos son los hombres designados para servir a las mesas (Hch. 6:2-6), es decir, aquellos que cuidan exclusivamente el aspecto práctico de las cosas. Los obispos son los ancianos, quienes se encargan del cuidado de todos los asuntos de la iglesia (Hechos 20:17, 28, y Tito 1:5, 7 ponen este asunto bien en claro). Y además de los obispos y diáconos están todos los santos. Estas tres clases constituyen la iglesia entera, y ninguna otra clase de persona puede ser introducida en ninguna iglesia sin hacerla una organización no bíblica.

Antes de considerar los ancianos miremos someramente los diáconos por un momento. Ellos no ocupan un puesto tan importante como los ancianos, los cuales gobiernan la iglesia; ellos son escogidos por la iglesia para servirla. Son los que ejecutan las decisiones del Espíritu Santo a través de los ancianos y la iglesia. Puesto que los diáconos tienen en realidad más que ver con la vida de la asamblea que con la obra del ministro, pensamos que es suficiente hacer sólo esta breve mención de ellos.

Hay dos puntos en relación los ancianos que merecen una atención especial. En primer lugar, ellos son escogidos de entre los hermanos comunes y corrientes. Ellos no son obreros que tienen un llamamiento especial de Dios para dedicarse exclusivamente a la obra espiritual. Como regla general ellos tienen sus familias y sus obligaciones en sus trabajos y son sólo creyentes ordinarios de buena reputación. En segundo lugar, los ancianos son escogidos de entre los hermanos locales. Ellos no son transferidos de otros lugares, sino que sencillamente son apartados en el lugar en que viven, y no son llamados a abandonar sus ocupaciones ordinarias, sino simplemente a dedicar su tiempo libre a las responsabilidades de la iglesia. Los miembros de la iglesia son hombres locales, y puesto que los ancianos son tomados de entre los demás miembros, se deduce que son también hombres locales (Hch. 14:23; Tit. 1:5).

Y dado que todos los ancianos bíblicos son hermanos locales, si transferimos de algún otro lugar a un hombre para que controle una iglesia, estamos desviándonos de la base bíblica. Aquí vemos la diferencia entre las iglesias y la obra. Un hermano puede ser trasladado a otro lugar para encargarse de la obra allí, pero ningún hermano puede ser enviado fuera de su propia localidad para asumir las cargas de la iglesia en otro lugar. Todas las iglesias de Dios son gobernadas por ancianos, y todos los ancianos son escogidos de entre los hermanos locales.

Si en cierto lugar un grupo de hombres son salvos, y un obrero se queda encargado de ellos, entonces es inexacto referirse a ese grupo como una iglesia. Si los asuntos aún están en manos del obrero y no han pasado a manos de los hermanos locales, entonces todavía es la obra de él; no es una iglesia. Hagamos clara esta distinción: la obra siempre está en manos de los obreros, y la iglesia está siempre en manos de los hermanos locales. Cuando un obrero tiene el control de los asuntos, entonces es cuestión de obra, no de una iglesia.

Ha sido señalado antes que en la Palabra de Dios hay ancianos locales pero no apóstoles locales. Cuando Pablo dejó a Tito en Creta, no era su objeto que Tito manejara los asuntos de la iglesia allí, sino que él nombrara ancianos en cada lugar para que ellos, a su vez, pudieran encargarse de los asuntos. La ocupación del obrero es fundar iglesias y nombrar ancianos, jamás tomar responsabilidad directa en las iglesias. Si en algún lugar un apóstol se responsabiliza de los asuntos de la iglesia local, él cambia la naturaleza de su oficio o la naturaleza de la iglesia. Ningún apóstol que viene de otro lugar está capacitado para el oficio de anciano local; el cargo sólo puede ser ocupado por hombres locales.

Quienes hemos sido llamados por Dios a la obra, debemos entender claramente este punto, que nosotros nunca fuimos llamados a quedarnos para ser pastores en ningún lugar. Podemos volver a visitar las iglesias que hemos establecido y ayudar a los creyentes que en tiempos pasados llevamos al Señor, pero nunca podemos convertirnos en “ministro” de ellos y asumir las responsabilidades de sus asuntos espirituales en su lugar. Ellos deben estar conformes con los ancianos nombrados por los apóstoles y aprender a honrarlos y obedecerlos. Obviamente, someterse a otros de su propio número y rango requiere más gracia de parte de los creyentes que ceder al control de un hombre que viene de otro lugar y tiene capacidades especiales para la obra espiritual. Pero Dios lo ha ordenado así, y nosotros nos postramos ante Su sabiduría.

La relación entre la obra y la iglesia es realmente muy sencilla. Un obrero predica el evangelio, las almas se salvan, y después de un corto lapso de tiempo unos cuantos de los comparativamente más avanzados son escogidos de entre ellos para responsabilizarse de los asuntos locales. ¡Así se establece una iglesia! El apóstol entonces sigue la dirección del Espíritu a otro lugar, y la historia se repite allí. Así que la vida espiritual y la actividad de la iglesia local se desarrollan porque los creyentes se encargan de su propia responsabilidad; y la obra se extiende continuamente porque los apóstoles tienen la libertad de moverse de lugar en lugar predicando el evangelio y fundando iglesias nuevas.

La primera pregunta que se hace generalmente en cuanto a una iglesia es: “¿Quién es el ministro?” El que pregunta está pensando: “¿Quién es el hombre responsable de ministrar y administrar las cosas espirituales en esta iglesia?” El sistema clerical de manejar la iglesia es extremadamente popular, pero el concepto en sí es ajeno a las Escrituras, donde encontramos la responsabilidad encomendada a los ancianos, no a los “ministros” como tales. Y los ancianos solamente vigilan la obra de la iglesia, ellos no la ejecutan en lugar de los hermanos. Si en una compañía de creyentes el ministro es activo y todos los miembros de la iglesia son pasivos, entonces ese grupo es una misión, no una iglesia. En una iglesia todos los miembros son activos. La diferencia entre los ancianos y los demás miembros es que éstos trabajan, mientras que aquéllos trabajan y también supervisan el trabajo de los demás. Puesto que hemos tratado con la cuestión de ancianos en otro lugar no haremos más referencia a ella aquí.
EL LUGAR DE REUNION

Otra cosa que se considera de vital importancia para la existencia de una iglesia es un edificio para la iglesia. El pensamiento de iglesia es tan frecuentemente asociado con un templo, que a menudo se hace referencia al edificio mismo como “la iglesia”. Pero en la Palabra de Dios es a los creyentes vivientes a quienes se les llama la iglesia, no a los ladrillos y el concreto (véase Hch. 5:11 y Mt. 18:17). Según las Escrituras ni siquiera es necesario que una iglesia tenga un lugar específicamente apartado para la comunión. Los judíos siempre tenían sus lugares especiales de reunión y a dondequiera que ellos iban se esmeraban a toda costa en construir una sinagoga en la que adoraban a Dios. Los primeros apóstoles eran judíos, y la tendencia judía de construir lugares especiales de reunión era natural en ellos. Si el cristianismo hubiera requerido que fueran apartados lugares con el propósito específico de adorar al Señor, los primeros apóstoles, con su cultura judía y tendencias naturales, hubieran estado lo suficientemente dispuestos como para construirlos. Lo asombroso es que ellos no solamente no construyeron edificios especiales sino que parece que ellos ignoraron deliberadamente todo el asunto. Es el judaísmo, no el cristianismo, el que enseña que debe haber lugares santificados para la adoración divina. El templo del Nuevo Testamento no es un edificio material; consiste en personas vivas, todos creyentes en el Señor. Puesto que el templo del Nuevo Testamento es espiritual, la cuestión de los lugares de reunión para los creyentes, o lugares de adoración, es una de importancia menor. Vayamos al Nuevo Testamento para ver cómo se trata allí la cuestión de los lugares de reunión.

Cuando nuestro Señor estaba en la tierra, El se reunía con Sus discípulos a veces en las laderas de las colinas y a veces junto al mar. El los reunía a veces en una casa, otras veces en un barco, y hubo ocasiones cuando El se retiró aparte con ellos en un aposento alto. Pero no había un lugar consagrado donde habitualmente El se reuniera con los Suyos. En Pentecostés los discípulos estaban reunidos en un aposento alto y después de Pentecostés todos ellos se encontraban en el templo o separadamente en casas distintas (Hch. 2:46), o a veces en el pórtico de Salomón (Hch. 5:12). Se reunían para orar en varios hogares, siendo el de María uno de ellos (Hch. 12:12), y leemos que en una ocasión estaban reunidos en un cuarto en el tercer piso de un edificio (Hch. 20:8). A juzgar por estos pasajes, los creyentes se reunían en una gran variedad de lugares y no tenían lugar oficial de reunión. Ellos simplemente utilizaban cualquier edificio que satisficiera sus necesidades, ya fuera en una casa particular, o sólo en un cuarto de una casa, o si no en un gran edificio público como el templo, o aun en un espacio amplio como el pórtico de Salomón. No tenían edificios especialmente separados para el uso de la iglesia; no tenían nada que correspondería al “edificio de la iglesia” de hoy en día.

“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba…Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos; y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana…” (Hch. 20:7-9). En Troas encontramos a los creyentes reunidos en el tercer piso de un edificio. Hay una deliciosa informalidad en la atmósfera de esta reunión, que contrasta con los cultos convencionales de hoy en día, donde todos los miembros de la iglesia se sientan rígidos en sus bancas. Pero esta reunión de Troas era bíblica de verdad. En ella no había sello oficial; mostraba las marcas de la vida real en su perfecta naturalidad y pura simplicidad. Estaba muy bien que algunos de los santos se sentaran en el borde de la ventana, o que otros se sentaran en el piso, como María hizo antaño. En nuestras asambleas debemos regresar al principio del aposento alto. El piso principal es un lugar para los negocios, un lugar donde los hombres van y vienen; pero hay más atmósfera de hogar en el aposento alto, y las reuniones de los hijos de Dios son asuntos de familia. La Ultima Cena tuvo lugar en un aposento alto; también Pentecostés, y asimismo la reunión mencionada aquí. Dios quiere que la intimidad del aposento alto caracterice las reuniones de Sus hijos, no la rígida formalidad de un imponente edificio público.

Es por eso que en la Palabra de Dios encontramos a Sus hijos reunidos en la atmósfera familiar de un hogar particular. Leemos de la iglesia en la casa de Priscila y Aquila (Ro. 16:5; 1 Co. 16:19), la iglesia en la casa de Ninfas (Col. 4:15), y la iglesia en la casa de Filemón (Flm. 2). El Nuevo Testamento menciona por lo menos estas tres diferentes iglesias que estaban en hogares de creyentes. ¿Cómo llegó a ser que las iglesias estuvieran en dichas casas? Si en un lugar determinado había unos pocos creyentes, y uno de ellos tenía una casa bastante grande para acomodar a todos, con toda naturalidad tenían su asamblea allí, y los cristianos en esa localidad eran llamados “la iglesia en casa de fulano de tal”.

Todo debe comenzar por el principio. Cuando una iglesia es fundada, los creyentes desde el inicio mismo deben aprender a reunirse por sí mismos en sus propios hogares o en algún otro edificio que ellos puedan obtener. Por supuesto, no toda iglesia es una iglesia en una casa, pero una iglesia en una casa debería ser estimulada en vez de ser considerada un inconveniente. Si el número de creyentes es grande y la esfera de la localidad ancha, quizás necesiten reunirse, como los santos en Jerusalén lo hacían, en distintas casas (lo cual puede significar hogares, salones o cualquier otro edificio) en lugar de en una sola casa. Había sólo una iglesia en Jerusalén, pero sus miembros se reunían en diferentes casas. El principio de las casas se aplica aún hoy. Esto no significa que la iglesia entera se reunirá siempre separadamente; de hecho, es importante, y de gran provecho, que todos los creyentes se reúnen a menudo en un lugar (1 Co. 14:23). Para hacer posibles tales reuniones, ellos podrían pedir prestado o arrendar un lugar público para la ocasión, o si ellos tuvieran los medios suficientes, podrían adquirir un local permanente para ese propósito. Sin embargo, el lugar de reunión de los creyentes podría estar, por lo general, en una casa particular. Si tal lugar no está disponible o si no es adecuado, por supuesto se podría adquirir otros edificios. Pero debemos tratar de estimular las reuniones en los hogares de los cristianos.

Los grandes edificios de hoy con sus elevadas torres expresan al mundo y a la carne antes que al Espíritu, y en muchos aspectos no están tan bien adecuados para el propósito de la asamblea cristiana como los hogares privados de los hijos de Dios. En primer lugar, la gente se siente más libre de hablar de cosas espirituales en la atmósfera informal de un hogar que en un espacioso templo donde todo se hace de un modo formal; además, no existe la misma posibilidad allí para el intercambio mutuo. Por alguna razón, tan pronto como entran las personas en estos edificios especiales, involuntariamente adoptan un estado de pasividad y esperan que se les predique. El ambiente de una familia debe impregnar en todas las reuniones de los hijos de Dios, para que los hermanos incluso se sientan libres de hacer preguntas (1 Co. 14:35). Todo debe estar bajo el control del Espíritu, pero también debe encontrarse la libertad del Espíritu. Además, si las iglesias están en los hogares particulares de los hermanos, ellos naturalmente sienten que todos los intereses de la iglesia son los suyos propios. Hay un sentido de intimidad de relación entre ellos mismos y la iglesia. Muchos cristianos piensan que los asuntos de la iglesia son cosas más allá de su alcance. No tienen ningún interés íntimo en ellos porque, en primer lugar, tienen su “ministro” que es responsable específicamente por tales asuntos, y tienen un gran templo que les parece tan ajeno a sus hogares, y en el cual los asuntos se conducen tan sistemáticamente y con tanta precisión que uno se siente subyugado y atado en espíritu.

Aún más, las reuniones en las casas de los creyentes pueden ser un testimonio fructífero para los vecinos y proporcionan una oportunidad para testificar y para predicar el evangelio. Muchos que no están dispuestos a ir a un templo irán con gusto a una casa particular. Además, la influencia es de lo más provechosa para las familias de los cristianos. Desde temprana edad, los niños estarán rodeados de un ambiente espiritual y tendrán oportunidad constante de ver la realidad de las cosas eternas. De nuevo, si las reuniones están en los hogares de los cristianos, la iglesia se evita mucha pérdida material. Una razón por la cual los cristianos sobrevivieron la persecución romana durante los primeros tres siglos de la historia de la iglesia, fue que no tenían edificios especiales para la adoración, sino que se congregaban en bodegas y cuevas, y otros lugares discretos. Tales lugares de reunión no eran descubiertos fácilmente por sus perseguidores; pero los edificios grandes y costosos de hoy en día serían fácilmente localizados y destruidos, y las iglesias serían rápidamente aniquiladas. Las estructuras imponentes de nuestra época moderna imparten una impresión del mundo en vez de una impresión del Cristo cuyo nombre llevan. (Los locales y otros edificios requeridos por la obra son asunto aparte; estamos hablando aquí solamente en cuanto a las iglesias).

Así que el método bíblico de la organización de una iglesia es sumamente sencillo. Tan pronto como hay unos cuantos creyentes en un lugar, comienzan ellos a reunirse en uno de sus hogares. Si los miembros aumentan tanto que se vuelve impráctico reunirse en una casa, entonces pueden reunirse en varios hogares diferentes, pero la compañía entera de creyentes puede reunirse de vez en cuando en algún lugar público. Un local para tales propósitos se podría tomar prestado, alquilar o construir, según la condición financiera de la iglesia; pero debemos recordar que los lugares ideales de reunión de los santos son sus propios hogares.

Las reuniones conectadas con la obra están arregladas con perspectivas completamente distintas, y están enteramente bajo los auspicios de los obreros. Parten del principio de la casa alquilada por Pablo en Roma. Como hemos visto, cuando Pablo llegó a Roma ya existía una iglesia allí, y los creyentes tenían ya sus reuniones regulares. Pablo no usó el lugar de reunión de la iglesia para su obra, sino que alquiló un lugar separado, puesto que se quedó por un período prolongado en Roma. En Troas él se quedó únicamente una semana, de manera que allí no alquiló un lugar, sino que simplemente aceptó la hospitalidad de la iglesia. Cuando él se fue, las reuniones especiales que había estado dirigiendo allí cesaron, pero los hermanos en Troas aún continuaron sus propias reuniones. Si un obrero planea permanecer por un período considerable en un lugar, entonces debe procurarse un centro separado para su obra y no hacer uso del lugar de reunión de la iglesia. Frecuentemente tal centro necesitará una mayor capacidad que el lugar de reunión de la iglesia. Si el Señor llama a algunos de Sus siervos a mantener un testimonio permanente en un lugar determinado, entonces la necesidad de un edificio especial relacionado con la obra puede ser más grande que la de un local en relación con la iglesia. Es casi esencial tener un edificio, si la obra ha de llevarse adelante en algún lugar, mientras que los hogares de los hermanos casi siempre satisfacen las necesidades de las reuniones de la iglesia.
LA REUNION

Antes de considerar el asunto de la reunión, digamos primero unas pocas palabras en relación con la naturaleza de la Iglesia. Cristo es la Cabeza de la iglesia y “nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Ro. 12:5). Aparte de Cristo, la iglesia no tiene cabeza; todos los creyentes son sólo miembros y son “miembros los unos de los otros”. La mutualidad expresa la naturaleza de la iglesia, pues todas las relaciones entre los creyentes son de miembro a miembro, nunca de cabeza a miembro. Todos aquellos que componen una iglesia toman su puesto como miembros del Cuerpo, sin que ninguno ocupe la posición de la cabeza. La vida entera de la iglesia y todas sus actividades deben ser marcadas por esta característica de mutualidad.

Sin embargo, la naturaleza de la obra es bien distinta de la naturaleza de la iglesia. En la obra existen grupos activos y grupos pasivos. Los apóstoles son activos y aquellos entre los cuales laboran son pasivos, mientras que en la iglesia todos son activos. En la obra, la actividad es unilateral; en la iglesia la actividad está por todas partes.

Cuando reconozcamos la diferencia fundamental entre la naturaleza de la obra y la de la iglesia, entonces comprenderemos fácilmente la enseñanza bíblica relativa a las reuniones que vamos a considerar. Hay dos clases diferentes de reuniones en las Escrituras: la reunión de la iglesia y la reunión apostólica. Si hemos de diferenciar claramente entre las dos, debemos primero entender las distintas naturalezas de la iglesia y de la obra. Al ver esto claramente, un vistazo a la naturaleza de cualquier reunión hará obvio a qué esfera pertenece; pero si no podemos entender esta distinción, confundiremos constantemente la iglesia con la obra. En la iglesia primitiva había reuniones que estaban definitivamente conectadas con las iglesias, y otras que estaban igual de definitivamente conectadas con la obra. En éstas solamente un hombre hablaba, y todos los otros constituían su audiencia. Uno se ponía de pie ante los demás, y por su predicación dirigía los pensamientos y los corazones de quienes estaban sentados escuchando en silencio. Este tipo de reunión puede ser reconocido al instante como una sesión relacionada con la obra apostólica, porque tiene el carácter de la obra, esto es, actividad por un lado y pasividad por el otro. No hay sello de mutualidad en ella. En las reuniones de la iglesia “cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación” (1 Co. 14:26). Aquí no tenemos el caso de que uno dirija y todos los demás sigan, sino que cada uno aporta su porción de ayuda espiritual. Es cierto que sólo unos pocos de aquellos presentes toman parte, pero todos pueden hacerlo; solamente unos pocos son contribuyentes reales de la reunión, pero todos son posibles contribuyentes. Las Escrituras muestran estas dos clases de reuniones: reuniones apostólicas, que son dirigidas por un sólo hombre, y reuniones de la iglesia, en las cuales todos los hermanos locales son libres de tomar parte.

Las reuniones apostólicas pueden dividirse en dos clases, a saber, para creyentes y para incrédulos. La reunión que se celebró inmediatamente después que la iglesia cobró existencia fue una reunión apostólica para incrédulos (Hch. 2:14). Las reuniones en el pórtico de Salomón (Hch. 3:11) y en la casa de Cornelio (Hch. 10) eran de la misma naturaleza, y hay aún más relatos de reuniones similares en el Libro de los Hechos. Ellas eran claramente reuniones apostólicas, no reuniones de la iglesia, porque un hombre hablaba y todos los demás escuchaban. La predicación de Pablo en Troas estaba dirigida a los hermanos (Hch. 20). Si era en la iglesia o no, de todos modos era apostólica en carácter, porque era unilateral, en que sólo el apóstol hablaba a toda la asamblea y los varios miembros no tomaban parte para su edificación mutua. Pablo predicó a los hermanos en Troas porque pasaba por aquel lugar, y cualquier apóstol que pasara por un lugar como él lo hizo, tendría la libertad de responder a una invitación de los hermanos para ayudarlos espiritualmente. Luego, cuando Pablo estaba en Roma, los creyentes venían a su cuarto alquilado para oírlo testificar (Hch. 28:23, 30, 31). De nuevo, esta obra es específicamente apostólica en naturaleza, porque un solo hombre es activo mientras que los otros son pasivos.

La segunda clase de reunión se menciona en la Primera epístola a los Corintios:

“Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?…¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación. Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios. Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados. Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos” (1 Co. 14:23, 26-33).

Esta es obviamente una reunión de una iglesia, porque no vemos a un hombre dirigiendo mientras los demás lo siguen, sino a todo aquel que tiene dones contribuyendo a la reunión como el Espíritu los dirige. En las reuniones apostólicas hay una distinción definitiva entre el predicador y su audiencia, pero en esta clase de reunión cualquier miembro dotado puede ser predicador, y cualquiera puede ser la audiencia. Nada depende del hombre, y cada uno participa como el Espíritu dirige. No es un ministerio de “todos los hombres”, sino un ministerio del Espíritu Santo. Los profetas y maestros ministran la Palabra a medida que el Señor la da, mientras que otros ministran a la asamblea de otros modos. No todos pueden profetizar y enseñar, pero todos pueden procurar profetizar y enseñar (v. 1). Se da la oportunidad a cada miembro de la iglesia de ayudar a los otros y se da la oportunidad a cada uno de ser ayudado. Un hermano puede hablar en un período de la reunión y otro más tarde; usted puede ser escogido del Espíritu para ayudar a los hermanos esta vez, y yo la próxima vez. Todo en la reunión se gobierna desde el comienzo hasta el final por el principio de “dos o tres” (vs. 27, 29). Aun los mismos dos o tres profetas no tienen nombramiento permanente para ministrar en las reuniones, sino que en cada reunión el Espíritu escoge a cualesquiera dos o tres de entre todos los profetas presentes. Se ve de inmediato que tales asambleas son asambleas de la iglesia porque el sello de mutualidad es evidente en todos los procedimientos.

Hay solamente un versículo en el Nuevo Testamento que habla de la importancia de que los cristianos se congreguen; es Hebreos 10:25: “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Este versículo demuestra que el propósito de tal asamblea es exhortarnos unos a otros. Claramente ésta no es una reunión apostólica porque no se ve a un hombre exhortando a la asamblea entera, sino a todos los miembros asumiendo igual responsabilidad para exhortarse unos a otros. La reunión de la iglesia tiene estampado el sello de “unos a otros”.

Según la crónica de las Escrituras hay varios propósitos para los cuales la iglesia se reúne. Primeramente, para la oración (Hch. 2:42; 4:24, 31; 12:5); en segundo lugar, para la lectura (Col. 4:16; 1 Ts. 5:27; Hch. 2:42; 15:21, 30-31); en tercer lugar, para partir el pan —las reuniones con este propósito no son reuniones presididas por un solo individuo el cual lleva toda la responsabilidad, puesto que se hace referencia a “la copa de bendición que bendecimos….El pan que partimos” (1 Co. 10:16-17; Hch. 2:42; 20:7)—; y en cuarto lugar, para el ejercicio de los dones espirituales (1 Co. 14). Esta última clase de reunión es una reunión de la iglesia, puesto que la frase “en la iglesia” es usada repetidas veces en el pasaje que la describe (vs. 28, 34-35). De esta reunión se dice que en ella todos pueden profetizar. ¡Cuán diferente es esto de tener un hombre que predica mientras todos los demás se sientan silenciosamente en la banca escuchando su sermón! Tal reunión no tiene lugar entre las diferentes reuniones de la iglesia porque su naturaleza muestra claramente que es una reunión apostólica, y siendo una reunión apostólica pertenece a la esfera de la obra, no a la de la iglesia. Las reuniones en las que la actividad es unilateral no caben dentro de la esfera de la iglesia, porque carecen del rasgo distintivo de todas las reuniones de la iglesia; y cuando se hace cualquier intento de colocarlas en el programa de la iglesia, sin duda resultarán muchos problemas.

¡Qué lástima que esta forma de reunión es la principal característica de las iglesias hoy! A ninguna otra reunión asiste la gente con tanta regularidad como a ésta. ¿Quién es considerado un buen cristiano realmente? ¿No es uno que va a la iglesia el domingo por la mañana cincuenta y dos veces al año para oír al ministro predicar? Pero esto es pasividad, y anuncia muerte. Aun el que ha asistido a “la iglesia” cincuenta y dos domingos al año, de hecho no ha estado en una reunión de la iglesia ni una sola vez. Ha ido solamente a reuniones relacionadas con la obra. No quiero dar a entender que nunca deberíamos tener esta clase de reunión, pero el punto es que tal reunión es parte de la obra y no de la iglesia. Si se tiene un obrero en la localidad, entonces se puede tener esta clase de reunión, y solamente entonces. La iglesia local, como iglesia, no tiene tales reuniones. Cuando las hallemos en conexión con una iglesia, debemos disuadirlas y ayudar a los creyentes a ver que las reuniones de la iglesia son conducidas por la iglesia. Si las reuniones apostólicas reemplazan a las reuniones de la iglesia, entonces los miembros de la iglesia se vuelven pasivos e indolentes, siempre esperando ser ayudados, en lugar de buscar, dependiendo del Espíritu, ser útiles a los otros hermanos. Esto es contrario a los principios neotestamentarios de ayuda y edificación mutuas. La razón por la cual las iglesias en China todavía son tan débiles después de cien años de misiones cristianas, es porque los siervos de Dios han introducido en las iglesias locales un tipo de reunión que realmente pertenece a la obra, y naturalmente los miembros de la iglesia han concluido que si asisten a tales servicios y sólo reciben pasivamente todo lo que se les enseña allí, han cumplido con la parte principal de su deber cristiano. La responsabilidad individual se ha perdido de vista, y la pasividad ha impedido el desarrollo de la vida espiritual en todas las iglesias.

Además, para mantener la predicación del domingo por la mañana, se debe tener un buen predicador. Por tanto, se necesita un obrero no sólo para manejar los asuntos de la iglesia sino también para mantener las reuniones para dar ánimo espiritual. Es apenas natural, si todos los domingos se ha de dar un buen mensaje, que las iglesias esperen a alguien que esté mejor capacitado para predicar que los hermanos locales recientemente convertidos. ¿Cómo puede esperarse de ellos que salgan con un buen sermón una vez a la semana? ¿Y de quién puede esperarse que predique mejor que un siervo especialmente llamado por Dios? En consecuencia un apóstol se establece a pastorear la iglesia, y por ende, las iglesias tanto como la obra pierden sus características distintivas. El resultado es una seria pérdida en ambas direcciones. Por un lado, los hermanos se vuelven perezosos y egoístas porque su pensamiento se encierra solamente en ellos mismos y en la ayuda que puedan recibir, y por otro lado, los territorios que no han sido evangelizados se quedan sin obreros porque los apóstoles se han instalado y se han convertido en ancianos. Por falta de actividad el crecimiento espiritual de las iglesias se detiene, y por carencia de apóstoles se impide también la extensión de la obra.

Debido a que tanto estrago ha sido causado por la introducción de una característica de la obra en las iglesias, despojando así a ambas de su naturaleza verdadera, debemos diferenciar claramente entre las reuniones que pertenecen específicamente a la obra y aquellas que pertenecen específicamente a la iglesia. Cuando Dios bendice nuestros esfuerzos en cualquier lugar para la salvación de las almas, debemos asegurarnos de que los salvos comprendan, desde el principio, que las reuniones en las que se convirtieron pertenecen a la obra y no a la iglesia, que ellos son la iglesia y que en consecuencia deben tener sus propias reuniones de iglesia. Deben reunirse en sus hogares o en otros lugares para orar, estudiar la Palabra, partir el pan y ejercitar sus dones espirituales; y en tales reuniones su objeto debe ser ayuda y edificación mutuas. Cada individuo debe llevar su porción de responsabilidad y transmitir a los demás lo que él mismo ha recibido del Señor. La dirección de las reuniones no debe ser la carga de ningún individuo, sino que todos los miembros deberían llevar la carga juntos y deberían procurar ayudarse unos a otros dependiendo de la enseñanza y guía del Espíritu, y dependiendo también de que el Espíritu les dé poder. Tan pronto como los creyentes sean salvos, deben empezar a reunirse de una manera regular. Tales reuniones de creyentes locales son verdaderas reuniones de la iglesia.

Las reuniones relacionadas con la obra son solamente una institución temporal (a menos que el objeto sea mantener un testimonio especial en un lugar especial). Pero la asamblea de los creyentes para la comunión y el estímulo mutuo es algo permanente. Aun cuando los creyentes fuesen muy inmaduros y sus reuniones pareciesen muy infantiles, deben aprender a contentarse con la ayuda que reciben los unos de los otros y no deben esperar siempre sentarse y escuchar un buen sermón. Deben buscar de Dios la revelación, los dones espirituales, y las palabras que necesitan; si su necesidad los arroja sobre El, el resultado será el enriquecimiento de toda la iglesia. Las reuniones de los recién convertidos naturalmente mostrarán el sello de inmadurez al principio, pero que el obrero tome la responsabilidad de tales reuniones detendrá su crecimiento, no lo favorecerá. Es la condición de las reuniones de la iglesia, no la de las reuniones conectadas con la obra, la que indica el estado espiritual de una iglesia en una localidad. Cuando un apóstol está predicando un gran sermón, y todos los creyentes están asintiendo y añadiendo sus frecuentes y fervientes “amenes”, ¡cuán profundamente espiritual parece la congregación! Pero es cuando ellos se reúnen por sí mismos que su verdadero estado espiritual sale a la luz.

La reunión apostólica no es una parte integral de la vida de la iglesia; es sólo parte de la obra, y cesa con la salida del obrero. Mas las reuniones de la iglesia siguen adelante sin interrupción, sea que el obrero esté presente o ausente. Es debido al desconocimiento de la diferencia entre las reuniones para la iglesia y las reuniones para la obra que siempre ha ocurrido que los hermanos cesan de reunirse cuando se va el obrero. Una de las fuentes prolíficas que llevan a los hijos de Dios a fracasar espiritualmente es el hecho de que ellos consideren a la iglesia como parte de la obra; así que cuando hay un sermón que oír se constituyen en oyentes receptivos, pero si no hay un predicador las reuniones terminan automáticamente y no se les ocurre reunirse simplemente para ayudar el uno al otro.

Pero, ¿cómo pueden los creyentes locales equiparse para ministrar el uno al otro? En los días apostólicos se daba por sentado que el Espíritu vendría sobre todos los creyentes tan pronto como ellos se dirigieran al Señor, y con la llegada del Espíritu, los dones espirituales se impartían, y por medio del ejercicio de éstos las iglesias se edificaban. El método usual que Dios ha ordenado para la edificación de las iglesias es las reuniones ordinarias de la iglesia, no las reuniones dirigidas por los obreros. La razón por la cual las iglesias están tan débiles hoy es porque los obreros procuran edificarlas por medio de las reuniones bajo su cuidado, en lugar de dejar a la responsabilidad de ellos la edificación de unos a otros por medio de sus propias reuniones de iglesia. ¿Por qué llegó a darse que las reuniones de la iglesia según 1 Corintios 14 no son parte de la vida de la iglesia? Porque muchos de entre el pueblo de Dios carecen de la experiencia de la venida del Espíritu, sin la cual una reunión según los delineamientos de 1 Corintios 14 es una mera forma vacía. A menos que todos aquellos que llevamos al Señor tengan una experiencia definida de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, será de poco provecho instruirlos sobre cómo dirigir sus reuniones de la iglesia, porque tales reuniones carecerán de poder y eficacia. Si el Espíritu Santo está sobre los creyentes, como en los días de la iglesia primitiva, El dará dones a los hombres, y tales hombres podrán fortalecer a los santos y edificar el Cuerpo de Cristo. Vemos en la primera epístola de Pablo a los Corintios que Dios había equipado de tal modo a los creyentes con dones espirituales que podían realizar la obra de edificar las iglesias muy independientemente de los apóstoles. (Esto no implica que ellos no necesitaban ayuda apostólica adicional. Decididamente sí la necesitaban). ¡Qué lástima que hoy en día muchos hijos de Dios le dan más importancia a los siervos de Dios que a Su Santo Espíritu! Ellos están contentos con ser atendidos por los dones de un siervo en lugar de buscar ellos mismos los dones del Espíritu; así que las verdaderas reuniones de la iglesia han cedido lugar a las reuniones bajo los auspicios de los obreros.

En 1 Corintios 14, donde lo que se enfoca es una reunión de la iglesia, ¡se ha dejado fuera a los apóstoles enteramente! ¡No hay ningún lugar para ellos en las reuniones de una iglesia local! Cuando los miembros de una iglesia se reúnen y los dones espirituales están en uso, la profecía y otros dones son ejercitados, pero no se menciona a los apóstoles por la sencilla razón de que a los apóstoles no se les asigna ningún lugar en las reuniones de la iglesia local; son nombrados para la obra. Cuando la iglesia local se reúne, son los dones lo que se pone en efecto; los oficios no tienen lugar allí, ni siquiera el de apóstol. Pero esto no imposibilita que un apóstol visitante hable palabra alguna en una reunión de la iglesia. Esto se ve en el hecho de que Pablo participó en la reunión en Troas. Pero lo que se debe notar es que Pablo sólo estaba de paso por Troas, así que su charla allí era simplemente un arreglo temporal para que los santos locales pudieran beneficiarse de sus dones espirituales y de su conocimiento del Señor; no era una institución permanente.

Los apóstoles, como tales, representan un puesto en la obra y no un don particular; por tanto, aquí ellos son ignorados totalmente; no se hace mención de ellos en esta reunión de la iglesia local. De ningún modo caben en la organización de la iglesia, porque su ministerio como apóstoles no era para las iglesias, sino para la obra. Como ya hemos observado, los apóstoles no tenían voz en el manejo de la administración de los asuntos prácticos de ninguna iglesia; pero el hecho de que ninguna parte es asignada a ellos, ni aun en las asambleas locales para la edificación mutua, pone en claro que Dios ni siquiera tenía el propósito de que ellos asumieran la responsabilidad del ministerio espiritual en las iglesias. Dios dio dones a los hermanos locales para que ellos pudieran ser profetas, evangelistas, pastores y maestros, y, así equipados, pudieran asumir la responsabilidad del ministerio espiritual en la localidad. Los apóstoles no llevan ninguna responsabilidad, ni por el lado espiritual ni por el material, de los asuntos de iglesia alguna; los ancianos son responsables de la administración local, y los profetas y otros ministros del ministerio local.

Entonces, ¿los apóstoles nada tienen que ver con la iglesia local? ¡Por supuesto que sí! Hay mucho campo todavía para que ellos ayuden a las iglesias, pero no en calidad de apóstoles. En el lado práctico de las cosas, ellos pueden ayudar indirectamente dando consejo a los ancianos, los cuales intervienen directamente en los asuntos de la iglesia; y por el lado espiritual, en las reuniones de la iglesia ellos pueden servir con cualquier don espiritual que posean, como profecía o enseñanza. Su cargo apostólico carece de importancia en una reunión de la iglesia para el ejercicio de los dones espirituales. Como apóstoles no pueden ellos ejercer ningún don apostólico, pero como hermanos, ellos pueden ministrar a los demás creyentes por medio del uso de cualquier don con el cual el Espíritu pueda haberlos dotado.

No sólo los apóstoles, sino aun los ancianos como tales no tienen parte en las reuniones. En este capítulo (1 Co. 14), los ancianos no tienen lugar en absoluto; ni siquiera se mencionan. Ya hemos señalado que los ancianos son tales para un puesto, no para el ministerio. Ellos son nombrados para el gobierno de la iglesia y no para el ministerio. Un cargo tiene que ver con el gobierno y los dones con el ministerio. En las reuniones para la ministración, son los que han recibido dones de Dios los que cuentan, no los que tienen un cargo; así que, en las reuniones de la iglesia son los profetas, maestros y evangelistas los que guían, no los ancianos. Ellos son los que tienen dones en la iglesia. (Hechos 20:28 dice: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor”. Según 1 Pedro 5:2 este apacentar se realiza por medio de ejercer cuidado sobre la grey: “Apacentad la grey de Dios…ejerciendo cuidado sobre ella”.)

Debemos diferenciar entre el trabajo de los ancianos y la labor de los profetas y maestros. Su trabajo es diferente pero no son necesariamente personas distintas. Es muy posible que una persona actúe en ambas capacidades. Los ancianos son los que tienen un cargo en una iglesia local; los profetas y los maestros son los ministros dotados en una iglesia local. Los ancianos siempre están ahí para gobernar la iglesia; los profetas y maestros están para ministrar en las reuniones de la iglesia. Siempre que hay una iglesia, el Señor no sólo designa ancianos para su manejo, sino que también confiere dones a algunos hermanos para constituirlos ministros para las reuniones. Esto no significa que los ancianos no tienen nada que ver con las reuniones. Cuando se hace necesario el gobierno en la reunión, ellos pueden ejercer la autoridad allí. En cuanto al ministerio, aunque los ancianos no pueden ministrar como tales, si son también profetas o maestros, ellos pueden ministrar en esa capacidad. Es casi imprescindible que los ancianos sean profetas y maestros; de otro modo no pueden gobernar la iglesia con efectividad.

El punto que debe recordarse es que las reuniones de la iglesia son la esfera para el ministerio de la Palabra, no la esfera para el ejercicio de ningún cargo. Es para el ejercicio de los dones para edificación. Puesto que los cargos de apóstol y el de anciano son puestos, uno en la obra y otro en la iglesia, los poseedores de cada puesto, como apóstoles o ancianos, están enteramente fuera de las reuniones. Pero Dios será bondadoso para con Su iglesia dándole dones para su edificación. Las reuniones de la iglesia son el lugar para el uso de estos dones para ayuda mutua.

Todas las reuniones basadas en el principio de “mesa redonda” son reuniones de la iglesia, y todas las reuniones basadas en el principio del “púlpito y la banca” son reuniones que pertenecen a la obra. Las últimas pueden ser de una naturaleza provisional, y no necesariamente una institución permanente, mientras que las primeras son una característica regular de la vida de la iglesia. Una mesa redonda lo capacita a usted a pasarme algo, y a mí a pasarle algo a usted. Nos proporciona la oportunidad para la expresión de mutualidad, ese rasgo esencial en todas las relaciones de la iglesia. En las iglesias locales debemos disuadir todas las reuniones que se basen en el principio del “púlpito y la banca”, para que, por un lado, los obreros de Dios estén libres para viajar lejos proclamando las buenas nuevas a los pecadores y, para que, por otro lado, los nuevos convertidos se aferren al Señor para obtener todo el equipo necesario con el cual servirse el uno al otro. Entonces, las iglesias, al tener que tomar su propia responsabilidad, desarrollarán su propia vida espiritual y los dones espirituales mediante el ejercicio. Está bien tener una reunión apostólica cuando un obrero visita la localidad, pero cuando se va, las reuniones del “púlpito” deben ser descontinuadas. Los profetas, maestros y evangelistas en la iglesia local pueden adoptar reuniones de este tipo esporádicamente, pero deben ser vistas como excepcionales porque fomentan la pasividad y, por lo general, no contribuyen al desarrollo espiritual de las iglesias.

Vayamos al libro de Hechos para ver el ejemplo que Dios estableció desde el principio para Su iglesia. “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones…Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2:42, 46). Tales eran las condiciones en los primeros días de la historia de la iglesia. Los Apóstoles no establecieron un lugar central de reunión para los creyentes, sino que éstos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”. Ellos se movían de una casa a otra en comunión unos con otros.

Ahora podemos sacar nuestras propias conclusiones de los tres puntos que hemos considerado. (1) En cualquier lugar donde haya un grupo de creyentes, unos pocos de los más maduros se escogen de entre los miembros para encargarse de los otros, después de lo cual toda la responsabilidad local reposa en ellos. Desde el mismo principio debería aclarárseles a los nuevos convertidos que es por nombramiento divino que el manejo de la iglesia se confía a los ancianos locales y no a ningún obrero de otro lugar. (2) No se hace necesario ningún lugar de reunión para la iglesia. Los miembros se juntan en una o más casas, de acuerdo con las exigencias de su número, y si se vieran obligados a congregarse en varias casas, está correcto que toda la iglesia se reúna de vez en cuando en un solo lugar. Para tales reuniones debe procurarse un lugar especial para la ocasión, o un lugar permanente, según las condiciones existentes en la iglesia. (3) Las reuniones de la iglesia no son la responsabilidad de los obreros. Los creyentes locales deben aprender a usar los dones espirituales que Dios les ha confiado para ministrar a sus co-creyentes. El principio según el cual se llevan a cabo todas las reuniones de la iglesia es el de “la mesa redonda”, no el del “púlpito y la banca”. Cuando algún apóstol visita un lugar, puede dirigir una serie de reuniones para la iglesia local, pero tales reuniones son excepcionales. En las reuniones regulares de la iglesia los hermanos deben contribuir con sus aportes especiales en el poder y bajo la guía del Espíritu. Pero para hacer que tales reuniones tengan mérito definido, es esencial que los creyentes reciban dones espirituales, revelación y palabra; por tanto, los obreros deben hacer un asunto de real importancia que todos sus convertidos experimenten el poder del Espíritu derramado.

Si se siguen los ejemplos que Dios nos ha mostrado en Su Palabra, entonces en las iglesias nunca surgirán dudas relativas al auto-gobierno, auto-sostenimiento, y auto-propagación. Y las iglesias en las distintas localidades, en consecuencia, se evitarán mucho gasto innecesario, lo cual las capacitará para auxiliar libremente a los creyentes pobres, como hicieron los corintios, o a ayudar a los obreros, como los filipenses hicieron. Si las iglesias siguen las líneas que Dios mismo ha propuesto para ellas, la obra de Dios adelantará sin impedimento y Su reino se extenderá sobre la tierra.
EL MINISTERIO, LA OBRA Y LAS IGLESIAS

En los anteriores capítulos de este libro ya hemos visto lo que son el ministerio, la obra y las iglesias locales. En este capítulo hemos visto la conexión que existe entre el ministerio y la iglesia local, y también la diferencia entre la iglesia y la obra. Ahora podemos considerar de manera más minuciosa la relación entre el ministerio, la obra y las iglesias, a fin de ver claramente cuál es su posición, cómo funcionan, cuáles son sus esferas respectivas, y cómo se relacionan entre si.

En Hechos 13 vimos que Dios había establecido una de Sus iglesias en cierta localidad; luego, El dio dones a unos cuantos individuos en esa iglesia para equiparlos a fin de que ministraran allí como profetas y maestros, con el propósito de que la iglesia fuera edificada. Estos profetas y maestros constituían el ministerio en esa iglesia. Cuando estos ministros alcanzaron cierto grado de madurez espiritual en vida y en dones, Dios envió a dos de ellos a laborar en otros lugares, y la historia se repitió en las iglesias establecidas por esos dos apóstoles.

¿No ve usted aquí la relación entre las iglesias, el ministerio y la obra? (1) Dios establece una iglesia en una localidad. (2) El levanta hombres dotados en la iglesia para el ministerio. (3) El envía a la obra a algunos de estos hombres especialmente equipados. (4) Estos hombres establecen iglesias en diferentes lugares. (5) Dios levanta otros hombres dotados de entre estas iglesias para el ministerio de edificarlas. (6) Algunos de éstos, a su vez, son lanzados a laborar en otros campos. De este modo, la obra produce directamente las iglesias, y las iglesias producen indirectamente la obra. Así que, las iglesias y la obra progresan, moviéndose en un ciclo continuo en el cual la obra siempre da por resultado directo la fundación de iglesias, y las iglesias siempre dan por resultado indirecto la extensión de la obra.

Tocante a los hombres dotados levantados por Dios para el ministerio, ellos laboran tanto en las iglesias como en la obra. Cuando están en su propia localidad, ellos procuran edificar a la iglesia. Cuando están en otros lugares, llevan la carga de la obra. Cuando están en la iglesia local, son profetas y maestros. Cuando son enviados a otros lugares, son apóstoles. Los hombres son los mismos, en el lugar de origen o en otras partes, pero sus ministerios cambian según la esfera de su servicio. Los profetas y los maestros (y los pastores y los evangelistas), cuya esfera es local, más los apóstoles, cuya esfera es extra-local, constituyen el ministerio. Aquéllos sirven a las iglesias y éstos a la obra, así que el ministerio ha sido diseñado por Dios para satisfacer la necesidad espiritual en ambas esferas. En esto vemos de nuevo la relación entre las iglesias, el ministerio y la obra. La obra es producida por las iglesias, las iglesias son fundadas como resultado de la obra, y el ministerio sirve tanto a las iglesias como a la obra.

En el capítulo cuatro de Efesios vemos que la esfera del ministerio es el Cuerpo de Cristo, el cual puede ser expresado localmente como una iglesia, o extra-localmente como la obra. También es por esta razón que los apóstoles, los profetas, los evangelistas y los maestros están ligados, aun cuando en realidad la esfera de la obra de un apóstol es muy diferente a la de los otros tres. Pero todos pertenecen al único ministerio, cuya esfera de servicio es el Cuerpo de Cristo. Estos dos grupos de hombres son responsables de la obra del ministerio, los de un grupo son dotados por el Espíritu para ser capacitados a fin de servir a la iglesia local, y los del otro, son llamados de entre aquellos dotados para servirle a El en lugares distintos y reciben un oficio además de sus dones. Aquellos que han sido dotados usan sus dones para servir a la iglesia por medio de servir a la iglesia en su localidad. Los que tienen tanto dones como comisión apostólica sirven a la iglesia por medio de servir a las iglesias en diferentes localidades.

Dios usa a estos hombres para impartir Su gracia a la iglesia. Sus diversos dones les capacitan para transmitir la gracia de la Cabeza al Cuerpo. El ministerio espiritual no es otra cosa que ministrar a Cristo a Su pueblo. La intención de Dios al dar estos hombres como dones a Su iglesia fue que el Cristo conocido y experimentado personalmente por ellos fuera ministrado a Su pueblo mediante los dones del Espíritu. Ellos fueron dados a la iglesia “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Por consiguiente, en el ministerio tenemos los profetas y otros ministros, quienes usan sus dones para servir a la iglesia local, mientras que los apóstoles, mediante su oficio y sus dones, sirven a todas las iglesias. El ministerio de estos dos grupos de hombres es de gran importancia, porque toda la obra de Dios —local y extra-local— está en manos de ellos. Esa es la razón por la cual la Palabra de Dios declara que la iglesia de Dios se edifica sobre el fundamento de los apóstoles y profetas.

En los oficios instituidos por Dios vemos que los ancianos ocupan el lugar principal en la iglesia local, mientras que los apóstoles no tienen ningún cargo allí. Los apóstoles, por otra parte, tienen el oficio principal en la obra, mientras que los ancianos no tienen lugar allí. Los apóstoles tienen la primacía en la iglesia universal y los ancianos ocupan el primer lugar en la iglesia local. Cuando veamos la diferencia entre los respectivos oficios de apóstol y anciano, entenderemos por qué los dos siempre se mencionan juntos (Hch. 15:2, 4, 6, 22-23). Los apóstoles y los ancianos son los más altos representantes de la iglesia y de las iglesias. Los apóstoles ocupan el oficio más alto en la obra, pero en la iglesia local ellos —como apóstoles— no ocupan ningún cargo en absoluto; los ancianos, por otra parte, ocupan el oficio principal en la iglesia local, pero como ancianos no tienen ningún lugar en la obra.

En la iglesia local hay dos departamentos de servicio, uno relacionado con el manejo administrativo, y el otro con el ministerio espiritual. Los cargos están relacionados con el manejo administrativo de la iglesia y son ocupados por los ancianos y los diáconos. Los dones están relacionados con el ministerio de la iglesia y son desempeñados por los profetas y los maestros (y los evangelistas). Los ancianos y los diáconos son responsables del manejo de la iglesia, mientras que los profetas y los maestros se encargan principalmente de las reuniones de la iglesia. Si los diáconos y los ancianos son también profetas y maestros, entonces ellos pueden manejar los asuntos de la iglesia y al mismo tiempo pueden ministrar a la iglesia en las reuniones. Debemos diferenciar entre los ancianos y los ministros. En la vida cotidiana, son los ancianos quienes gobiernan la iglesia, pero en las reuniones para la edificación, son los ministros los que han sido ordenados por Dios para servir a la iglesia. Debe repetirse aquí que los ancianos, como tales, son nombrados para el gobierno de la iglesia y no para las reuniones de edificación de la iglesia. En 1 Corintios 14, donde se trata de las reuniones, los ancianos no se mencionan para nada. Pero los ancianos, para ser eficientes, también deben tener el don para ser profeta, maestro, pastor o evangelista. Sin embargo, debe recordarse que cuando ministran en las reuniones, lo hacen, no en calidad de ancianos, sino como profetas, maestros u otros ministros. Es como profetas, maestros u otros ministros que los ancianos tienen parte en el ministerio. En 1 Timoteo 5:17 pone en claro que la esfera regular de su servicio es gobernar, pero algunos de ellos podrían (no necesariamente todos) también enseñar y ministrar.

Así que el ministerio, la obra y las iglesias son muy diferentes en función y en esfera, pero realmente están coordinados y relacionados entre sí. En el capítulo cuatro de Efesios se habla del Cuerpo de Cristo, pero no se hace distinción allí entre las iglesias, la obra y el ministerio. Los santos de las iglesias, los apóstoles de la obra y los diversos ministros del ministerio, son considerados a la luz del Cuerpo de Cristo y en relación con el mismo. Esto se debe a que, trátese de la iglesia local, del ministerio o de la obra, todos están en la iglesia. En realidad, son uno; de manera que, aunque es necesario distinguir entre ellos para entenderlos mejor, realmente no podemos separarlos. Aquellos que están en las diferentes esferas de la iglesia necesitan ver la realidad del Cuerpo de Cristo y actuar coordinadamente como un cuerpo. No deben, por las diferencias de sus responsabilidades, acomodarse en compartimientos herméticos. ‘La iglesia, la cual es Su cuerpo’, incluye las iglesias, el ministerio y la obra. Las iglesias son el Cuerpo expresado localmente, el ministerio es el Cuerpo en función, y la obra es el Cuerpo procurando crecer. Los tres son diferentes manifestaciones del único Cuerpo, así que todos son interdependientes y están relacionados entre sí. Ninguno puede moverse, ni siquiera existir, por sí solo. De hecho, su relación es tan íntima y vital que ninguno puede estar correcto en sí sin estar correctamente ajustado a los otros. La iglesia no puede avanzar sin recibir la ayuda del ministerio y sin dar ayuda a la obra; la obra no puede existir sin la solidaridad del ministerio y el apoyo de la iglesia; y el ministerio puede funcionar sólo cuando existen la iglesia y la obra.

Esto es de suma importancia. En los capítulos anteriores hemos procurado mostrar las funciones y esferas respectivas del ministerio, de la obra y de las iglesias; ahora el peligro está en que, no habiendo entendido la naturaleza espiritual de las cosas de Dios, tratemos no sólo de distinguir entre ellos, sino de dividirlos en unidades separadas, perdiendo así la correlación del Cuerpo. Por muy claras que sean las distinciones entre ellos, debemos recordar que todos están en la iglesia. Por lo tanto, deben moverse y actuar como uno, porque no obstante sus funciones y esferas específicas, todos están en un solo Cuerpo.

De manera que por una parte diferenciamos entre ellos a fin de entenderlos, y por otra, debemos tener en cuenta que todos están relacionados como un cuerpo. No es que unos cuantos hombres dotados, reconociendo sus propias habilidades, se encarguen de ministrar con los dones que poseen, ni que algunas personas, conscientes del llamamiento, se unan como una asociación de trabajo, y tampoco que un grupo de personas que tengan la misma opinión se unan y digan que son una iglesia. Todo debe hacerse basado en el Cuerpo. La iglesia es la vida del Cuerpo en miniatura; el ministerio es el funcionamiento del Cuerpo en servicio; la obra es la extensión del Cuerpo en crecimiento. Ni la iglesia, ni el ministerio, ni la obra pueden existir como una entidad separada. Cada uno tiene que obtener su existencia del Cuerpo, encontrar su lugar en el Cuerpo, y laborar por el bien del Cuerpo. Los tres son del Cuerpo, están en el Cuerpo, y existen para el Cuerpo. Si este principio de relación con el Cuerpo y correlación entre sus miembros no es reconocido, no puede haber iglesia, ni ministerio, ni obra. La importancia de este principio no puede enfatizarse lo suficiente, porque sin él todo es obra de hombres, no creación de Dios. El principio básico del ministerio es el Cuerpo. El principio básico de la obra es el Cuerpo. El principio básico de las iglesias es el Cuerpo. Hoy en día, el Cuerpo es la ley que gobierna la vida y la obra de los hijos de Dios.

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